5 linajes
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Herederos de la oscuridad

5 linajes

Herederos de la oscuridad

M. Rosas

Muchas son las veces que un libro me ha conquistado desde sus primeros párrafos. Algunos aseguran que la primera oración dice mucho sobre el contenido. Y es que he dejado de leer varios libros por esto. Su primera página ya contenía tantos errores que hacían imposible la lectura. Esto es lo que suele  complicar el mercado para los autopublicados. Por eso considero importante ofrecer algo pulido tanto como sea posible. Esa es la razón de que este libro tardara en ver la luz. Y ahora pasará a un juicio más difícil: el del lector.

   Ahora que he publicado el primer libro de una trilogía, comienza un camino largo. Ya están escritos los tres. El segundo en revisión y el tercero lo estoy terminando. Es evidente que deseo darle el final que merece, aunque con unas cuantas sorpresas. Pero no importa cuánto pueda decirte, si no tienes las páginas frente a ti. Por eso, hoy te traigo la portada, la sinopsis y el primer capítulo de Herederos de la oscuridad.

¿Qué deberías encontrar en el libro?

Para mantener el equilibrio de fuerzas opuestas, el gran dios Hermenthus ha creado a los 5 linajes. Son 5 Casas de magos poderosos que custodiaban la luz. Dotados de una magia más potente que la de los otros magos, eran quienes mantenían la paz en el territorio. Pero las constantes luchas entre los reinos, estaban por destruirlo todo. El mago más poderoso de los 5 linajes une todos los reinos y se proclama emperador. Le da al nuevo imperio el nombre de Castellthoram: puerta al inicio.

   La magia rige el territorio, pero generando temor y muerte. El mago ha caído en la oscuridad, llamado por la maldición que late en cada uno de los 5 linajes. Ahora solo su hijo se mantiene en la luz. Pero permanece como un prisionero en el castillo de su padre y su vida corre un gran peligro. Nada parece detener el avance de la oscuridad y las luchas por el poder no cesan.

   El emperador era conocido no solo por su poder y gran perspicacia, sino también por la fuerza de sus virtudes. Nada parece explicar la caída del mago. Ahora el príncipe deberá encontrar la ayuda que necesita para escapar del castillo, encontrar qué llevó a su padre a caer y tratar de devolverlo a la luz antes de que cause un daño irreparable en el imperio. Si no lo logra, deberá acabar con él, destruyendo lo único que le queda y aquello que más ama.

Se trata de una novela de fantasía juvenil y YA, con mucha magia y un fuerte toque de aventura (fusionando mis dos géneros favoritos 😉 ). Si deseas ver el booktrailer, clic aquí.

Sinopsis

Castellthoram es un imperio marcado por la ambición de quienes reclaman su trono. Los cinco linajes de magos casi han desaparecido, atrapados en una poderosa maldición que se expande corrompiendo la magia.

La sombra del mal se extiende por todos los rincones y el único guardián de la luz con el poder para enfrentarla se ha convertido en el emperador y en un caído.

Mientras la luz se debilita en el territorio, una fuerza milenaria se aproxima para reclamar su venganza.

Ahora, solo Alyham Lythan, el último mago de los cinco linajes y legítimo heredero al trono, podría unir las piezas de la verdad y evitar la destrucción total del imperio, si sobrevive a los peligros que acechan y a la voz de su propia sangre llamándolo desde las profundidades del abismo.

Y ahora una muestra. Ten presente que tanto el blog como el libro tienen sus derechos de autor. Este capítulo, aunque está entero, es sólo una amuestra del libro y no está autorizada su reproducción. Espero que lo disfrutes y te anime a conseguir el libro entero  🙂

Primer capítulo:

Huida

El muchacho repasó una vez más el símbolo arcano que permanecía latente al final del grueso libro que tenía en sus manos. Dos serpientes aladas, una blanca y una negra, se entrelazaban mordiéndose mutuamente las colas, formando un ocho inclinado. A ambos lados, varias hileras de círculos giraban mostrando caracteres antiguos cuyo significado se había perdido en el registro del tiempo. Aún no había desentrañado sus misterios, pero el enigma que ocultaba lo había perseguido en sueños los últimos diez años. Los símbolos que acompañaban el giro de las serpientes susurraban mientras contemplaba el dibujo sin obtener respuestas.

   Cerró el mamotreto con un golpe seco y supo que tendría que destruirlo antes de que fuera demasiado tarde. No debían descubrir su secreto; no hasta que estuviera lejos de las garras del Mago Oscuro. Escondió el libro en una trampilla bajo su camastro y esperó el momento apropiado para deshacerse de él. Se recostó como todas las tardes, contemplando el techo y prestando oídos a los sonidos que provenían del exterior de su habitación. Solo escuchaba el andar pesado de los guardias que venían a hacer sus relevos.

   La gruesa puerta chilló y el campaneo de las llaves le recordó que ya casi era hora de la cena. El guardia abrió la puerta y echó un ligero vistazo al interior de la pequeña habitación.

   —Aún sigo aquí —informó el muchacho con tedio—. Me tomaré un buen descanso de mis intentos de fuga, así que pueden estar tranquilos.

   El guardia carraspeó cerrando la puerta con un fuerte golpe. Pasó la llave y se sentó en un taburete que había en el pasillo.

   —Maldito incordio, no sé por qué no terminan contigo de una vez —susurró mirando a todas partes y se aseguró de que nadie lo escuchara.

   El muchacho se acercó a la ventana y contempló las últimas cinceladas de la tarde que se fundían en un fogoso rojo, mientras el sol se perdía detrás de las altas montañas de la cordillera, dejando entre tinieblas el espeso y peligroso bosque que rodeaba el castillo.

   «Esta vez lo lograré» —se dijo a sí mismo mientras sujetaba en su mano una hermosa gema con un vivo destello azul.

   Un silencio expectante, solo interrumpido por el sonido de la hojarasca o el aletear de algún ave entre el espeso follaje gobernaba el funesto bosque que, devorado por la neblina nocturna, parecía un laberinto de monstruos, plantas venenosas y ciénagas peligrosas. El Castillo Negro, construido en la cima de uno de los montes más escabrosos de la cordillera de Izenkamont, coronaba el bosque Würd.

  El acceso era muy difícil, se debía transitar a lo largo de pequeños senderos custodiados por contingentes de soldados desplegados en puntos estratégicos, donde solo unos pocos mercaderes y mensajeros tenían permitido el ascenso. Como un temible centinela de las tierras de Izenkamont, el Castillo Negro se imponía por su magnífica y sólida construcción y la presencia de su señor: el emperador de Castellthoram.

    Los guardias que custodiaban la habitación del muchacho cerraron la puerta después de alcanzarle la cena y se sentaron en el pasillo a jugar a La Conquista: un juego de mesa construido con unas figuras de madera dispuestas sobre un tablero circular donde se representaba Castellthoram y en el que los jugadores debían invadir cada territorio anexándolo bajo su poder, en caso de responder con acierto, las preguntas que se formulaban durante el partido. Al final, ganaba la partida quien se hiciera con el Castillo Negro.

   El chico sabía que un buen juego podía llevar toda la noche. No debía perder la oportunidad que había estado esperando. Por alguna razón el castillo estaba más solitario que de costumbre y las criaturas que vigilaban el exterior no hacían sus típicas guardias nocturnas.

  Los centinelas eran unos icändrôs, espantosas criaturas negras y aladas, con cuerpos escamosos, colmados de púas y unas garras muy filosas, capaces de despedazar el cuerpo más macizo. En sus guardias, se apostaban sobre los adarves del castillo, trepaban a las torres oteando entre el follaje del bosque o recorrían al vuelo los alrededores.

    Con el mayor sigilo posible, el muchacho guardó en un saco el pan y un par bollos dulces que le habían dado para la cena, unas cuantas gemas de intensos colores y algunos dibujos que había garabateado del símbolo del libro. En su fuero interno una voz le advertía que ese símbolo estaba relacionado de alguna manera con su linaje y por eso no quería olvidar ningún detalle. Tomó el mamotreto entre sus manos una vez más y sintió su poder al pasar las yemas de sus dedos. Lo miró con pesar y arrojó el enorme libro a la pequeña estufa que despedía calor desde una de las esquinas de la habitación. De inmediato, el fuego se apoderó de sus hojas, despedazando cada trozo del libro más antiguo de Castellthoram. El chico contempló como las gruesas tapas se resistían a la destrucción y volvió a revisar la piedra azul que llevaba oculta. Era el momento de abandonar su cárcel y buscar la verdad sobre su familia y su propio destino.

   Repasó en su mente las opciones una vez más: la posibilidad de escapar de otro modo era imposible debido a la fuerza de los conjuros que rodeaban la habitación.

   Debía ceñirse a su plan. Se acercó a la ventana y quitó los barrotes que había estado limando los últimos meses. Uno de ellos había quedado intacto: colgó de él una gruesa soga construida con finísimos trozos de tela entrelazados y probó que tuviera la firmeza que necesitaba para soportar su peso. Ningún vigilante pasaba por la torre en ese momento. Miró hacia abajo: su habitación estaba en la cima de una de las últimas torres del castillo, devoradas por el bosque y las sombras de la noche.

   «Muy bien —se dijo al intentar armarse de valor—. Es ahora o nunca. O sales de aquí, o estarás muerto».

       Tomó las cosas que pensaba llevar, se arregló la larga capa negra con capucha que llevaba sobre una elegante casaca azul marino y se ajustó el saco de provisiones antes de comenzar la huida.

        Las sombras difusas cubrían el bosque Würd y sumergían al castillo en un siniestro abismo de frío y tinieblas. Entre la neblina, el muchacho descendió lentamente por las paredes traseras del castillo, directo a la parte más peligrosa del bosque, donde la maraña de ramas trepaba por las macizas paredes llegando incluso a los marcos de las ventanas de mayor altura.

    Más bajo, se arrebujó contra la pared sosteniéndose con fuerza a la cuerda al sentir el amenazador sonido del aleteo de un icändrô muy cercano a su posición y esperó conteniendo el aliento.

    Una mancha oscura pasó zumbando cerca de él. Apretó los párpados, pegando la mejilla contra la gélida pared de mármol y esperó temeroso de que el intenso bombeo en su pecho lo delatara. El icändrô continuó aumentando la velocidad hasta desaparecer.

       «Eso estuvo demasiado cerca» —pensó, soltando el aire de sus pulmones.

      Miró en dirección a la ventana de su habitación esperando que nadie descubriera su fuga y descendió hasta quedar atrapado entre el ramaje de los árboles, intentando escabullirse sin hacer el menor ruido posible. Sabía muy bien que los icändrôs gozaban de un oído muy fino y cuando se acercó lo suficiente al suelo se dejó caer con sigilo y esperó unos minutos, intentando calmar los latidos de su corazón. Miró nuevamente en dirección a la ventana, buscando percibir algo entre el espeso ramaje, pero la soledad continuaba reinando por doquier.

    Al sentirse más seguro, gateó entre las ramas y los troncos que parecían querer cerrarle el paso y cuando estuvo ya en posición de erguirse se deslizó veloz de tronco en tronco hasta que por fin se detuvo a una milla del castillo y echó una última mirada atrás. Sus ojos se detuvieron en la única ventana que emitía algo de luz. Se quitó la capucha para escuchar mejor los sonidos del bosque y estar seguro de que no lo habían descubierto.

     Al ver que nadie daba señales de alarma por su huida, el muchacho se cubrió de nuevo con la capucha y continuó su descenso por el bosque. Se deslizó entre los troncos, evitando los ramajes espinosos y evadiendo cuanto podía el contacto con las plantas y flores que crecían donde la escasa luz del sol lo permitía.

   Llegó a un grupo de rocas que, según recordaba, anunciaba la presencia de una serie de mortales despeñaderos que solo ofrecían al imprudente una muerte segura en un abismo de roca desnuda.

     Se detuvo meditando su situación. Continuar en la nefasta oscuridad de la noche era conducirse a la muerte. El frío comenzaba a calar y el temor de que algún espía del bosque pudiera dar cuenta de su paradero le retenían arrebujado entre las rocas y escuchaba con la respiración entrecortada.

     Sabía que debía abandonar el bosque lo más pronto posible y verse alejado de los icändrôs tanto como pudiera durante la noche, ya que estas criaturas le habían dado caza en más de una oportunidad. Tragó saliva y comenzó a dar un sigiloso rodeo al cúmulo de rocas buscando a tientas una abertura entre los macizos granitos que se erguían como gruesas columnas. Se metió entre ellos en busca de un estrecho sendero que le permitiera avanzar y descendió hasta alcanzar unos peñascos que se precipitaban barranca abajo con un descenso muy peligroso.

  Miró hacia el abismo intentando percibir algo más allá de la oscuridad que tenía delante y un frío glacial proveniente del vacío le acarició el rostro. Bajar por la noche sin ver absolutamente nada era un suicidio. Retrocedió y se ocultó entre el peñasco y las columnas de granito a la vez que utilizaba su capa de manta para atenuar el intenso frío. Aunque intentaba mantenerse despierto, los párpados le pesaban y cerró los ojos esperando dormir algunas horas antes de reemprender la huida. La parte más difícil aún estaba por llegar.

   Las cuatro mujeres que galopaban cerca del bosque Würd detuvieron su marcha y esperaron en silencio mientras escuchaban el sonido de los árboles. Todas vestían armaduras verde y púrpura, llevaban gruesas espadas a un lado y un arco que se atravesaban por la espalda. El carcaj de cada una estaba colmado de flechas que terminaban en plumas de distinto color. Sus largos cabellos ondulados se derramaban sobre los hombros y la espalda, sostenidos por finas diademas con diferentes símbolos.

   Bordeaban el camino que se escurría en los lindes del bosque con suma cautela. Aun cuando eran guerreras, no había en Castellthoram quien no conociera el peligro que suponía internarse en Izenkamont.

    —Parece que le hemos perdido el rastro —opinó una de ellas y colocó su mano en el pomo de la espada que colgaba a un lado de su cintura.

    —Espero que no se le ocurriera ocultarse aquí —dijo otra de las mujeres mirando con recelo los árboles que se agrupaban abrazados por enredaderas y musgos.

     —Sigamos —ordenó una tercera—. Su majestad querrá que reportemos la situación y Alurya está muy cerca de aquí. Si ella entró en ese bosque, dejaremos que los monstruos se ocupen de darle lo que merece.

      —Si es tan lista como su madre, la encontraremos en Alurya —opinó la primera retomando el camino.

   Las demás mujeres la secundaron y reemprendieron el camino hacia el Saliente por el pequeño sendero que llevaba a la ciudadela.

   En la profundidad del bosque, una flecha cortó el aire y se clavó justo en la mitad de una hoja que descansaba en un grueso árbol al que abrazaban algunas enredaderas y plantas estranguladoras. La flecha, recta y lustrosa, terminaba en un par de plumas de un vivo rojo que la hacían visible y fácilmente reconocible a considerable distancia.

   Por entre el follaje y trotando como una gacela salvaje se acercó una chica de unos dieciséis años. Estudió la flecha durante unos instantes con inquisidora mirada y, satisfecha al fin, la arrancó del árbol.

   «Parece que no he perdido el toque» —se dijo, guardando la flecha en la aljaba antes de retomar el camino.

   Si bien el aspecto que ofrecía la flora junto a las innumerables leyendas que se narraban le hacían estremecer, la chica continuaba su camino sin retroceder y atenta al más mínimo movimiento. Era alta, esbelta y de su rostro sobresalían por su intensidad y brillo unos hermosos ojos negros. Sus cabellos de un destellante azabache estaban sujetados con una larga trenza que llevaba hacia delante y le caía hasta la cintura. En la frente llevaba una diadema con forma de serpiente, haciendo juego con el brazalete que se enredaba en su brazo derecho. De un cinturón de cuero y hebilla de oro colgaba una vaina que guardaba una filosa daga, pronta para ser utilizada en cualquier momento, y en su espalda se sujetaba un arco y una aljaba con al menos una decena de flechas que terminaban en plumas rojas.

   La muchacha, ante el sorpresivo aleteo de un puñado de pájaros que sobrevolaron despavoridos por las copas de los árboles, corrió a ocultarse debajo del intenso ramaje de un arbusto y allí se quedó, echando una sagaz mirada a los alrededores.

  Permaneció queda, escuchando la alarma que había causado la presencia de la criatura entre los animales del bosque y miró con sorpresa a una de las sombras negras que volaban de un lado a otro lanzando unos bramidos espantosos y rastreando entre el follaje.

    Sacó lentamente su daga esperando no tener que utilizarla contra las criaturas porque, según le habían advertido, eran mágicas y solo con magia se las podía vencer: algo que le resultaba lógico encontrándose en tierras de magos.

   Se preguntaba a qué desdichado ser podrían estar buscando con tantas ansias los icändrôs y qué hacían tan lejos del Castillo Negro.

   Una vez que desapareció el último icändrô de su vista, y luego de unos minutos de prudente espera, volvió a envainar la daga.

   «No ha sido nada. Este bosque no es tan tenebroso como decían, después de todo» —murmuró al tiempo que se ponía nuevamente en camino hacia lo profundo del bosque.

     Antes de que despuntara el alba y aprovechando la tenue claridad de los primeros reflejos del sol, el muchacho se había puesto nuevamente en pie. El peñasco era más amenazador de lo que parecía y en más de una oportunidad estuvo a punto de caer al vacío.

  Ya en las márgenes de un cursillo de agua que se perdía entre las rocas, dando briosos saltos y perdiéndose cuesta abajo entre los grandes bloques de granito, el muchacho miró hacia el cielo y luego observó entre el ramaje de los árboles a sus espaldas para asegurarse una vez más de que aún no lo habían descubierto. Saltó de roca en roca para vadear el arroyuelo y se internó entre espesos ramajes cubiertos de musgo ocultándose siempre entre los árboles más gruesos e intentando escuchar cualquier movimiento a su alrededor. Sus pies se hundían en la húmeda tierra que aminoraba el sonido de sus pasos, y cada vez que avanzaba un buen tramo volvía a detenerse mirando el cielo en busca de las monstruosas figuras de los icändrôs. Sabía que era cuestión de tiempo de que le dieran alcance, pero esta vez estaba dispuesto a escapar como fuera de aquella prisión.

   Cada montaña del territorio neutral de Izenkamont estaba rodeada por varias millas de bosque y algunos pequeños valles intermontanos donde antes se levantaban aldeas de campesinos que buscaban la protección de la Casa Lythan. La unión de todas ellas formaba una antigua y accidentada cordillera plagada de peligrosas criaturas. El Castillo Negro estaba construido a mitad de altura sobre la cordillera, oculto por el bosque y en la cima de una de las montañas más redondeadas por el desgaste.

   El muchacho sabía que si intentaba el descenso directo desde el castillo, siguiendo las laderas menos peligrosas, podía darse por muerto. Si deseaba tener una oportunidad debía descender por la empinada montaña en dirección al noreste donde se encontraba el poderoso castillo de Alurya, el último bastión del Mago Oscuro. Desde allí podía continuar su viaje siguiendo las márgenes del río Ios hasta el reino Dyastella.

   Continuó sumergiéndose entre las rocas y los árboles hasta llegar a un promontorio que no permitía ver más allá de unos pocos pasos. Para evadirlo rodeó las rocas, resbaló con la humedad del suelo cubierto de líquenes y rodó entre piedras y ramas cuesta abajo hasta detenerse en un diminuto calvero donde podían crecer la hierba y una multitud de florecillas silvestres. Algo aturdido por la caída y envuelto en su propia capa se dispuso a incorporarse, pero el brillante filo de una daga a la altura de su garganta le detuvo de golpe.

     —Quédate en donde estás si valoras tu vida —amenazó la voz severa de una chica.

    El muchacho permanecía en silencio con la cabeza cubierta por la negra capucha dejando entrever solo el mentón que intentaba alejar de la daga.

   —¿Eres uno de esos monstruos del castillo? ¿Acaso me estabas siguiendo? ¿Ibas a matarme? —preguntó la chica.

   —Haces demasiadas preguntas —contestó recuperando el aliento. No se trataba de alguien que él conociera y eso solo podía significar que no provenía del castillo.

     —Tu voz es muy humana para ser un monstruo… Me habían contado que este bosque solo puede ser habitado por criaturas.

      —Si me permites ponerme de pie y quitarme esta capucha descubrirás que soy tan humano como tú.

    La muchacha lo pensó, y con la daga levantó la capucha del chico para ver su rostro sin bajar la guardia y darle muerte si intentaba el menor movimiento. Se quedó contemplándole unos instantes; su afilado rostro tenía la delicadeza de los elfos, pero no se trataba de uno de ellos. Su cabello negro y alborotado caía rebelde sobre su frente que ocultaba perfectamente unos intensos y desdeñosos ojos azules que no dejaban de analizarla con insistencia. El muchacho continuaba inmóvil, con una de sus rodillas clavada en la tierra y ambas manos tendidas sobre la hierba.

    —Ahora que sabes que no soy un monstruo y que no tengo intención de matarte, ¿puedo seguir mi camino? No tengo tiempo que perder, debo salir de este claro lo antes posible o me descubrirán —objetó con desdén.

     La chica retrocedió con firmeza y guardó su daga.

      —¿Vas al castillo?

      —Vengo de él.

       Sintió un intenso calosfrío y miró al joven con mayor desconfianza que antes.

      —¿Perteneces al castillo?…

     —No estaría huyendo si así fuera. Ahora que he dejado de ser tu prisionero me gustaría marcharme. —Y se puso de pie dispuesto a retomar su camino.

    —No voy a dejarte ir tan fácilmente… También estoy huyendo y si mis perseguidores se cruzaran contigo en algún momento, quisiera tener la absoluta certeza de que no has de indicarles donde encontrarme…

    —No tengo intensiones de detenerme a hablar con nadie —repuso el chico con enfado.

    —Bien. Entonces eres libre de irte.

   El muchacho emprendió de nuevo su camino internándose en la espesura del bosque, dejando a la chica que dudaba ante alguna decisión difícil de tomar.

     —¡Espera! —ordenó al fin corriendo tras él—. No conozco el terreno y hace ya varios días que ando de un lado a otro sin saber cómo salir de aquí… Si vamos juntos será más fácil, he visto unos cuantos icändrôs por el camino y creo que te están buscando a ti… Juntos tendremos más posibilidades de salir vivos de este bosque.

     El chico la miró sorprendido y cuando escuchó la palabra icändrôs su semblante se turbó y todo su ser languideció.

   —Está bien. Pero es a mí a quien buscan esas criaturas y si llegan a descubrirnos quiero que me prometas que te apartarás de mí tanto como puedas, de modo que sea solo yo quien los enfrente.

     Aquel gesto de caballerosidad sorprendió a la chica.

    —Soy una guerrera y no puedo prometerte tal cosa. Si he de morir que sea luchando… No hay mayor deshonra para mí que huir de un enfrentamiento.

   El muchacho estudió unos instantes a la chica que tenía delante. Aunque era esbelta, no llevaba vestido de encajes como solían hacerlo las de su edad, sino un traje de cazadora ceñido al cuerpo. Sus brazos eran fuertes y su mirada denotaba una fiereza salvaje que delataba su procedencia.

     —Claro… Eres una triánida —dedujo al fin.

   —Y tú, un mago… ¿Qué hay con eso? No voy a matarte por ser un hombre. Aunque creí que ya no quedaba ninguno de ustedes aparte del Mago Oscuro. ¿Perteneces a uno de los Cinco Linajes?

    La voz desencajada de la muchacha detectaba cierto fastidio al ser reconocida, pero notó al instante que el joven la observaba con recelo.

      —¿Qué sucede? —preguntó ante la insistente mirada del chico.

      —¿Cómo sabías quién soy? —inquirió él con voz apagada.

      La chica notó que había bajado la guardia y posó su mano en la empuñadura de la daga.

     —Cuando caíste frente a mí pude ver fugazmente la estrella de los magos que llevas colgando sobre tu pecho —confesó, mirando al joven directo a los ojos. Cruzó los brazos y endureció aún más su mirada—. Aparte de tu apariencia y ese aire extraño que te rodea.

    El muchacho pareció aliviado por la confesión. Llevó una mano al pecho para asegurarse de que el dije aún seguía con él y lo ocultó debajo de su casaca. Observó de nuevo el cielo en busca de los rastreadores del Mago Oscuro.

  —No pertenezco a los Cinco Linajes. Hasta donde sé, el Mago Oscuro es el último. Será mejor continuar, conozco lo suficiente a los icändrôs y créeme que tarde o temprano pasarán por aquí y nos descubrirán si no estamos ocultos.

     —Bien, te seguiré —manifestó la triánida, extendiendo su mano —. Mi nombre es Zôeh.

     —Ikhael Laroth —dijo dubitativo y aceptó la mano de la chica.

    Ambos muchachos emprendieron el difícil descenso por la empinada montaña utilizando los intensos ramajes de los árboles como refugio. Si bien aún no podían sentirse a salvo, al menos habían encontrado a alguien con quien enfrentar las amenazas del tenebroso bosque de Würd.

 


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